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Los ojos de la piel

Los ojos de la piel

La arquitectura y los sentidos
por Juhani Pallasmaa 1996 80 páginas
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Ideas clave

1. La hegemonía de la visión empobrece la arquitectura

El predominio de la visión sobre los demás sentidos —y el sesgo cognitivo que ello conlleva— ha sido señalado por numerosos filósofos.

Privilegio histórico. La cultura occidental ha elevado históricamente la vista como el sentido más noble, equiparando el conocimiento con la visión clara y la verdad con la luz. Desde el pensamiento griego clásico hasta el Renacimiento, un sistema jerárquico situó la visión en la cima, influyendo en la filosofía y las artes, incluida la arquitectura. Este paradigma ocularcéntrico ha moldeado nuestra comprensión de la realidad y el saber.

Sesgo visual moderno. La invención de la representación en perspectiva consolidó aún más al ojo como el centro del mundo perceptual, tendencia que se amplificó con los avances tecnológicos y la proliferación de imágenes. Arquitectos modernistas como Le Corbusier defendieron explícitamente la visión, dando lugar a una arquitectura concebida principalmente para el ojo: una “arquitectura retiniana” que a menudo prioriza imágenes visuales impactantes por encima de un compromiso sensorial más profundo.

Consecuencias de la reducción. Este enfoque exclusivo en la visión, frecuentemente en detrimento de los otros sentidos, ha generado una experiencia arquitectónica superficial y distante. El diseño modernista, pese a su rigor intelectual, suele no resonar con el gusto popular porque alberga el intelecto y la mirada, pero deja al cuerpo, a los demás sentidos, a la memoria y a los sueños sin hogar, contribuyendo a un sentimiento de alienación.

2. El ocularcentrismo fomenta la alienación y el desapego

El dominio del ojo y la supresión de los demás sentidos tienden a empujarnos hacia el desapego, el aislamiento y la exterioridad.

La voluntad de poder de la visión. Filósofos como David Michael Levin critican la inherente pulsión de la visión por aprehender, fijar y controlar, que conduce a una “hegemonía de la visión” que domina el discurso cultural. Esta tendencia ocularcéntrica, reforzada por la racionalidad instrumental y la tecnología, promueve una mirada distante y objetivante que puede ser agresiva y reificadora.

El ojo narcisista y nihilista. En la arquitectura contemporánea, este ojo hegemónico se manifiesta como narcisismo y nihilismo, donde los edificios se convierten en juegos intelectuales autoexpresivos o promueven deliberadamente el desapego sensorial. Este “crecimiento canceroso de la visión” transforma la arquitectura en productos de imagen, carentes de profundidad existencial y sinceridad, reduciendo el mundo a un viaje visual hedonista pero finalmente vacío de sentido.

Pérdida de empatía. La producción industrial masiva de imágenes visuales aliena la visión de la implicación emocional, creando un flujo hipnótico sin foco ni participación. Este bombardeo constante de imágenes conduce a una “superficialidad artificiosa” y a una desensualización escalofriante, que nos convierte en espectadores de nuestras propias vidas en un mundo onírico fabricado, incapaces de enfrentar nuestra realidad existencial.

3. El cuerpo como locus central de toda percepción

Mi cuerpo es verdaderamente el ombligo de mi mundo, no en el sentido del punto de vista de la perspectiva central, sino como el mismo lugar de referencia, memoria, imaginación e integración.

La encarnación según Merleau-Ponty. La filosofía de Maurice Merleau-Ponty sitúa el cuerpo humano en el núcleo de nuestro mundo experiencial, sosteniendo que es a través de nuestra intencionalidad encarnada que nos relacionamos y definimos nuestro entorno. Nuestro cuerpo no es un mero objeto, sino “aquello que ve y toca”, estableciendo una relación osmótica con la “carne del mundo”.

Integración multisensorial. Las experiencias sensoriales no son aisladas, sino integradas a través del cuerpo, conformando una experiencia existencial continua donde el yo y el mundo se informan mutuamente. Todos los sentidos, incluida la visión, son extensiones y especializaciones del sentido táctil, definiendo la interfaz entre nuestra opaca interioridad y la exterioridad del mundo.

El papel existencial de la arquitectura. La arquitectura, como extensión de la naturaleza, provee el fundamento para la percepción y fortalece nuestro sentido de estar en el mundo. No es un artefacto autosuficiente, sino que dirige nuestra atención hacia horizontes más amplios, otorgando estructura conceptual y material a nuestras vidas y reforzando nuestra autoimagen mediante una experiencia holística y encarnada.

4. El tacto: el sentido primigenio y fundamento de la realidad

El tacto es el padre de nuestros ojos, oídos, nariz y boca. Es el sentido que se diferenció en los demás, hecho reconocido desde antiguo al evaluar el tacto como ‘la madre de los sentidos’.

Primacía del háptico. El antropólogo Ashley Montagu destaca la piel como nuestro órgano más antiguo y sensible, la “madre de los sentidos”, de la cual se diferencian todas las demás modalidades sensoriales. Esto subraya el papel fundamental del tacto en la integración de nuestras experiencias del mundo y de nosotros mismos, con incluso las percepciones visuales fusionadas en un continuo háptico.

La visión como tacto inconsciente. El sentido del tacto es el inconsciente de la visión; nuestros ojos acarician inconscientemente superficies distantes, contornos y bordes, y las sensaciones táctiles determinan el agrado de la experiencia. Filósofos como George Berkeley y G.W.F. Hegel argumentaron que la aprehensión visual de la materialidad, la distancia y la profundidad es imposible sin la cooperación de la memoria háptica, pues el tacto aporta sensaciones de “solidez, resistencia y protrusión”.

Sensaciones ideadas. El arte, incluida la arquitectura, estimula “sensaciones ideadas” de tacto, haciéndonos sentir el calor del agua en una pintura o la textura de una piedra. Este “valor táctil” enriquece la vida, como ejemplifica la atención de Le Corbusier a la “modénature” (contorno y perfil), revelando un ingrediente táctil incluso en su comprensión visual de la arquitectura.

5. El poder evocador de la sombra y la luz tenue

Las sombras profundas y la oscuridad son esenciales porque atenúan la nitidez de la visión, hacen ambiguos la profundidad y la distancia, e invitan a la visión periférica inconsciente y a la fantasía táctil.

Atenuar el sentido distanciador. En estados emocionales intensos o en profunda reflexión, solemos cerrar los ojos, reprimiendo el sentido distanciador de la visión. Las sombras y la oscuridad son cruciales porque suavizan la nitidez visual, crean ambigüedad en la profundidad e invitan a la visión periférica y a la imaginación táctil, fomentando la intimidad y el retiro mental.

Estimular la imaginación. La alternancia de luz y sombra en una calle antigua es mucho más misteriosa y sugerente que los espacios modernos uniformemente iluminados. La luz tenue, la niebla y el crepúsculo despiertan la imaginación, haciendo ambiguas las imágenes visuales y evocando estados meditativos, como se aprecia en las pinturas paisajísticas chinas o en los jardines zen.

Claroscuro en la arquitectura. El arte del claroscuro, la interacción de luz y sombra, es vital en los grandes espacios arquitectónicos, creando una “respiración profunda” que da forma y vida a los objetos. Luis Barragán criticó las grandes ventanas de cristal por privar a los edificios de intimidad y sombra, mientras que la sala del consejo de Alvar Aalto en Säynätsalo utiliza la oscuridad para crear un sentido místico de comunidad y fortalecer la palabra hablada.

6. Intimidad acústica y articulación del espacio

La vista aísla, mientras que el sonido incorpora; la visión es direccional, el sonido es omnidireccional.

El sonido crea interioridad. A diferencia de la vista, que implica exterioridad y aislamiento, el sonido nos incorpora al espacio, generando una experiencia de interioridad y conexión. El ojo alcanza, pero el oído recibe, haciéndonos conscientes de nuestro entorno de manera omnidireccional y fomentando un sentido de solidaridad y pertenencia.

El oído estructura el espacio. El sonido proporciona un continuo temporal para las impresiones visuales, estructurando y articulando nuestra experiencia espacial. Quitar la banda sonora a una película, por ejemplo, revela cómo el sonido contribuye a la plasticidad y continuidad. “Escuchar la arquitectura”, de Steen Eiler Rasmussen, destaca cómo cualidades acústicas, como el eco en un túnel, transmiten dimensiones espaciales.

Pérdida del eco urbano. Cada edificio y ciudad posee un sonido característico, un eco que define su intimidad o monumentalidad. Sin embargo, las ciudades modernas, con sus espacios amplios y abiertos y sus interiores absorbentes de sonido, han perdido sus ecos distintivos. La música programada en espacios públicos ciega aún más nuestros oídos, eliminando la posibilidad de captar el volumen acústico y el profundo silencio que la arquitectura puede ofrecer.

7. El olor como potente disparador de memoria e imaginación

El recuerdo más persistente de cualquier espacio suele ser su olor.

Poder olfativo. La nariz humana es increíblemente sensible, capaz de detectar más de 10,000 olores diferentes con apenas unas moléculas. Un olor particular puede evadir la memoria retiniana, reavivando instantáneamente un espacio olvidado y desencadenando vívidas ensoñaciones, convirtiendo a la nariz en un poderoso catalizador de recuerdo e imaginación.

Geografía de los olores. Recorrer las estrechas calles de un casco antiguo ofrece un delicioso viaje por diversas esferas olfativas, desde las confiterías que evocan la infancia hasta los talleres de zapateros que remiten al cuero y los caballos. Los pueblos pesqueros, con su fusión de aromas marinos y terrestres, se vuelven profundamente memorables, transformando escenas prosaicas en imágenes evocadoras.

Espacios modernos estériles. Las vívidas descripciones de Rainer Maria Rilke sobre los olores persistentes en una casa demolida —sudor, orina, hollín, grasa envejecida, bebés descuidados— resaltan el poder emocional y asociativo de la imaginería olfativa. En contraste, las imágenes retinianas estériles y sin vida de la arquitectura contemporánea suelen carecer de esta profunda dimensión sensorial, incapaces de construir imágenes plenas y vivas que un gran escritor o arquitecto puede evocar.

8. Materialidad y tiempo para una experiencia arquitectónica auténtica

Toda materia existe en el continuo del tiempo; la pátina del desgaste añade la enriquecedora experiencia del tiempo a los materiales de construcción.

Materialidad debilitada. La construcción moderna suele resultar en una planitud caracterizada por materiales fabricados a máquina y sin escala, como el vidrio, metales esmaltados y plásticos sintéticos. Estos materiales presentan superficies inflexibles que no transmiten su naturaleza esencial ni envejecen, en marcado contraste con materiales naturales como la piedra, el ladrillo y la madera, que permiten a la visión penetrar sus superficies y revelar su veracidad.

Miedo al envejecimiento. Los edificios contemporáneos frecuentemente aspiran a una perfección atemporal, excluyendo deliberadamente la dimensión del tiempo y los procesos mentalmente significativos de envejecimiento y desgaste. Este temor a las huellas de la edad está vinculado a un miedo más profundo a la muerte, contribuyendo a una “superficialidad artificiosa” en nuestros entornos, como describe Fredric Jameson sobre la condición cultural contemporánea.

Domesticando el tiempo. El debilitamiento de la experiencia del tiempo en los ambientes modernos tiene efectos mentales devastadores, pues los humanos necesitan sentirse arraigados en la continuidad temporal. La tarea de la arquitectura es domesticar el tiempo infinito, permitiéndonos habitar su continuo y participar en ciclos que trascienden la vida individual, conectándonos con la historia y los muertos, y proporcionando un flujo lento y sanador del tiempo.

9. La arquitectura como acción encarnada y mímesis inconsciente

Una experiencia arquitectónica significativa no es simplemente una serie de imágenes retinianas. Los ‘elementos’ de la arquitectura no son unidades visuales ni Gestalt; son encuentros, confrontaciones que interactúan con la memoria.

Acción implícita. Las imágenes arquitectónicas sugieren inherentemente acción: las piedras para pisar invitan a caminar, abrir una puerta implica sentir su peso, y subir una escalera compromete todo el cuerpo. Henri Bergson señala que los objetos reflejan nuestra “posible acción sobre ellos”, distinguiendo la arquitectura de otras formas artísticas mediante esta interacción corporal implícita.

Esencia verbal de la experiencia. Las experiencias arquitectónicas auténticas son fundamentalmente verbos, no sustantivos. Se trata del acto de entrar, mirar a través de una ventana u ocupar un espacio cálido, más que del diseño visual de un objeto. Conceptos japoneses como “espaciado” y “temporización” enfatizan esta comprensión relacional y dinámica de la experiencia arquitectónica por encima de definiciones estáticas y geométricas.

Identificación corporal. Comprender la escala arquitectónica implica medir inconscientemente un edificio con el propio cuerpo y proyectar el esquema corporal en el espacio. Mimamos inconscientemente las estructuras con huesos y músculos, sintiendo la tensión de una bóveda o la gravedad de una columna. Esta mímesis permite que la arquitectura comunique directamente desde el cuerpo del arquitecto al del usuario, creando una resonancia profunda y encarnada.

10. Espacios de memoria y la ciudad interior de la imaginación

Poseemos una capacidad innata para recordar e imaginar lugares. Percepción, memoria e imaginación interactúan constantemente; el dominio de la presencia se funde en imágenes de memoria y fantasía.

Construyendo la metrópolis mental. Los humanos tienen una capacidad innata para recordar e imaginar lugares, construyendo constantemente una inmensa “ciudad de evocación y recuerdo” en la mente. Todas las ciudades visitadas se convierten en distritos de esta metrópolis mental, y la literatura y el cine derivan su poder de nuestra habilidad para entrar en estos reinos recordados o imaginados.

Encontrarse a uno mismo en el arte. Una obra de arte, como la arquitectura doliente de Miguel Ángel o el cielo angustiado de Tintoretto, no solo simboliza emociones, sino que las encarna. Al confrontar el arte, ocurre un intercambio curioso: proyectamos nuestras emociones en la obra, y la obra nos presta su autoridad, permitiéndonos finalmente encontrarnos a nosotros mismos en ella, proceso que Melanie Klein denominó “identificación proyectiva”.

Ciudades vividamente recordadas. Algunas ciudades permanecen como imágenes visuales distantes, mientras que otras se recuerdan con plena vivacidad —sus sonidos, olores y variaciones de luz y sombra. Grandes escritores y cineastas, mediante su poder evocador, nos transportan a ciudades tan reales como cualquiera que hayamos visitado, enriqueciendo nuestra geografía urbana y permitiéndonos experimentar la vida dentro de sus espacios imaginados.

11. La tarea de la arquitectura: reconciliar el yo con el mundo

La tarea atemporal de la arquitectura es crear metáforas existenciales encarnadas y vividas que concreten y estructuren nuestro ser en el mundo.

Estructurar la existencia. El papel fundamental de la arquitectura es materializar y eternizar ideas de vida ideal, estructurando nuestra realidad informe y ayudándonos a comprender quiénes somos. Nos permite percibir la dialéctica de permanencia y cambio, asentarnos en el mundo y ubicarnos dentro del continuo de la cultura y el tiempo.

Memoria e identidad encarnadas. Las experiencias arquitectónicas memorables fusionan espacio, materia y tiempo en una dimensión singular, penetrando nuestra conciencia y convirtiéndose en ingredientes de nuestra existencia. Nuestro domicilio se integra con nuestra identidad, formando parte de nuestro cuerpo y ser, pues la memoria encarnada constituye la base esencial para recordar lugares.

Integridad y llamado poético. Frank Lloyd Wright enfatizó la “Integridad” como la cualidad más profunda de un edificio, reflejando una relación recíproca con nuestra naturaleza moral. La arquitectura, como arte de reconciliación entre nosotros y el mundo, media a través de los sentidos. Su llamado poético es re-mitificar, re-sensualizar y re-erotizar nuestra relación con el mundo, fortaleciendo nuestro agarre a la existencia y fomentando humildad, orgullo, curiosidad y optimismo.

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