Ideas clave
1. Los ejércitos profesionales corrompen a los Estados y a los individuos
Los hombres que desean lograr algo, deben primero prepararse con toda diligencia, para que, cuando se presente la oportunidad, estén listos para alcanzar lo que se han propuesto.
Corrupción inherente. La guerra, cuando se ejerce como profesión, corrompe de manera intrínseca a los individuos y pone en peligro al Estado. Los soldados profesionales, impulsados por la necesidad de empleo continuo o el saqueo, se vuelven rapaces, engañosos y violentos, volviéndose incompatibles con una sociedad virtuosa. Esto contrasta marcadamente con el ideal antiguo, donde el servicio militar era un deber cívico, no una carrera.
Peligro para los Estados. Estos ejércitos profesionales representan una amenaza directa para la estabilidad tanto de repúblicas como de reinos. Están incentivados a prolongar los conflictos o a provocar nuevos para su propio beneficio, y en tiempos de paz recurren al bandolerismo o incluso a usurpar el poder. La historia ofrece advertencias contundentes:
- Los soldados cartagineses se volvieron contra su propio Estado.
- Francesco Sforza, capitán mercenario, tomó Milán.
- La Guardia Pretoriana romana, fuerza profesional, se convirtió en hacedora y destructora de emperadores.
Erosión de la virtud. La dependencia de soldados profesionales debilita la virtud cívica necesaria para un Estado saludable. Los ciudadanos quedan desarmados y complacientes, perdiendo el espíritu marcial y la autosuficiencia que antes protegían sus libertades. Esta dependencia hace al Estado vulnerable tanto a la tiranía interna como a la agresión externa, pues su defensa reposa en el interés particular de unos pocos y no en la voluntad colectiva de su pueblo.
2. Las milicias ciudadanas son la base de un Estado fuerte
Las armas que portan sus ciudadanos o súbditos, otorgadas por leyes y ordenanzas, nunca le hacen daño, sino que siempre son de utilidad y preservan la ciudad incorrupta por más tiempo gracias a ellas.
Deber cívico, no profesión. Una república o reino bien ordenado nunca debe permitir que sus ciudadanos o súbditos conviertan la guerra en su única profesión. En cambio, el entrenamiento militar debe ser un ejercicio en tiempos de paz y una necesidad para alcanzar la gloria en la guerra. Así, los soldados permanecen integrados en la vida civil, regresando a sus oficios y familias una vez concluidos los conflictos.
Preservar la libertad. Los ejércitos ciudadanos, o “ordenanzas”, son la defensa más confiable para un Estado. A diferencia de los mercenarios, fácilmente corrompibles y capaces de volverse contra sus empleadores, los ciudadanos armados están ligados por la lealtad a su país y sus leyes. La República Romana, armada por sus propios ciudadanos, permaneció libre durante siglos, mientras que las ciudades desarmadas caían en pocas décadas.
Unidad y fortaleza. Un sistema de ordenanzas fomenta la unidad y la fortaleza dentro del pueblo. Incluso en un país belicoso o dividido, proveer armas útiles y liderazgo disciplinado puede canalizar energías destructivas hacia el servicio público. Este sistema asegura que el poder militar del Estado sea una extensión de la voluntad de su pueblo, haciéndolo formidable contra enemigos extranjeros y resistente ante conflictos internos.
3. El reclutamiento estratégico y el entrenamiento riguroso son primordiales
Pero debido a que las instituciones militares se han corrompido por completo y se han alejado de las antiguas costumbres, han surgido opiniones siniestras que hacen que se odie a los militares y se evite el trato con quienes los entrenan.
Seleccionar a los mejores. El reclutamiento debe priorizar la calidad sobre la cantidad, eligiendo entre los propios súbditos en lugar de mercenarios extranjeros poco confiables. Para la infantería, se prefieren hombres del campo por su resistencia y familiaridad con el trabajo físico. La caballería, que suele requerir más recursos, puede reclutarse entre los habitantes más acomodados de la ciudad.
Edad y aptitud. Para un ejército nuevo, los reclutas deben tener entre diecisiete y cuarenta años, asegurando un amplio grupo de individuos capaces. Para reponer fuerzas existentes, los jóvenes de diecisiete años son ideales, pues pueden moldearse e integrarse. Atributos físicos como agilidad, fuerza y ojos vivaces son importantes, pero la honestidad y el sentido del pudor son cruciales para evitar la corrupción.
Entrenamiento integral. La formación debe ser rigurosa y continua, abarcando acondicionamiento físico, dominio de armas y disciplina táctica.
- Físico: correr, saltar, luchar cuerpo a cuerpo, cargar pesos, nadar.
- Armas: usar armas de práctica más pesadas que las reales, enfocándose en estocadas más que en cortes para mayor letalidad y defensa.
- Disciplina: aprender a mantener las filas, obedecer órdenes (toques de corneta, banderas, voz) y ejecutar maniobras con rapidez.
Este enfoque holístico asegura que los soldados no solo sean capaces físicamente, sino también mentalmente preparados y altamente disciplinados.
4. Armas óptimas y formaciones flexibles garantizan la victoria
Tomaría tanto las armas romanas como las germanas, y querría que la mitad estuviera armada como los romanos y la otra mitad como los germanos.
Armamento híbrido. Una infantería superior combina las fortalezas de las armas romanas y germanas. La mitad de la fuerza debe estar equipada con escudos y espadas romanas, que ofrecen defensa robusta y eficacia en combate cuerpo a cuerpo. La otra mitad debe portar picas germanas y armas ligeras, proporcionando un frente fuerte contra la caballería y penetración inicial contra la infantería.
Despliegue estratégico. Los piqueros deben situarse en las primeras líneas o donde la amenaza de la caballería sea mayor, aprovechando su alcance. Los portadores de escudo siguen detrás, listos para combatir con espada una vez que las picas hayan roto la carga inicial enemiga o se vuelvan poco manejables en combate cercano. Este enfoque escalonado asegura versatilidad y resistencia ante formaciones enemigas diversas.
Formaciones adaptables. Los ejércitos deben entrenarse en varias formaciones para adaptarse al terreno y a las tácticas enemigas. El sistema romano de recibir un rango en otro (Astati, Principes, Triari) ofrece múltiples oportunidades para renovar la lucha, a diferencia de la falange griega que, aunque sólida, solo podía agotarse. La estructura de batallón propuesta por Fabrizio, con su mezcla de picas y escudos, permite tanto la solidez de la falange como la flexibilidad de la legión romana.
5. Tácticas dinámicas y adaptabilidad en el combate
El mayor error que cometen quienes organizan un ejército para un combate es darle un solo frente y comprometerlo a una sola carga y un solo intento (fortuna).
Defensa y ataque escalonados. Un ejército nunca debe confiar en un solo frente o una sola carga. Debe organizarse para recibir y reforzar sus líneas, permitiendo múltiples enfrentamientos. El modelo romano, con sus Astati, Principes y Triari, brindaba tres oportunidades para renovar la batalla, haciéndolo increíblemente resistente.
Integración de artillería. La artillería debe usarse de manera decisiva y luego asegurarse rápidamente. Disparar una vez y avanzar velozmente para tomar las piezas enemigas impide que recarguen y causen más daño. El humo del fuego continuo también puede cegar a las propias tropas, por lo que un asalto rápido y concentrado es preferible a un duelo prolongado de artillería.
Conciencia situacional. Los capitanes deben adaptar constantemente sus formaciones y tácticas a las condiciones específicas del campo de batalla.
- Terreno: aprovechar obstáculos naturales contra la caballería o campos abiertos para fuerzas grandes y disciplinadas.
- Enemigo: explotar sus debilidades, evitar sus fortalezas y estar preparados para sus engaños.
- Sol/viento: posicionar el ejército para evitar que estos elementos dificulten la visión o favorezcan los proyectiles enemigos.
Esta adaptabilidad, combinada con una fuerza bien entrenada y organizada, es clave para superar desafíos diversos y asegurar la victoria.
6. Marcha disciplinada y campamento seguro
Los romanos, por tanto, donde el sitio carecía de fortaleza, lo suplían con su arte y diligencia.
Movimiento ordenado. Un ejército debe marchar en formación disciplinada, listo para ataques inesperados desde cualquier dirección. La práctica romana de enviar exploradores de caballería adelante, seguidos por alas y legiones organizadas con su bagaje, permitía una rápida transformación de orden de marcha a formación de combate. Esto evita la desorganización y asegura una respuesta veloz ante amenazas.
Campamentos fortificados. Los campamentos deben priorizar la seguridad mediante fortalezas naturales y artificiales. Mientras los griegos buscaban lugares naturalmente fuertes, los romanos dominaron el arte de crear campamentos sólidos en cualquier terreno, usando fosos, terraplenes y empalizadas. Esto permitía un diseño constante, independientemente del terreno, convirtiendo el campamento en una “ciudad móvil” donde cada soldado conocía su lugar.
Diseño estratégico. El diseño de campamento propuesto por Fabrizio para 24,000 infantes y 2,000 jinetes enfatiza la organización clara:
- Cuarteles del capitán en el centro.
- Hombres armados al este (frente), desarmados y bagajes al oeste (retaguardia).
- Caminos designados (Camino del Capitán, Camino Cruzado) para el movimiento.
- Cuarteles de caballería e infantería en filas, con deberes específicos (por ejemplo, infantería asistiendo a la caballería).
- Un espacio de 100 brazos entre cuarteles y foso para maniobras y defensas adicionales.
Esta planificación meticulosa asegura seguridad, facilita la logística y mantiene el orden dentro del ejército.
7. Logística eficaz, recompensas y castigos severos
El romano castigaba con pena capital a quien faltara a la guardia, abandonara su puesto en combate, introdujera algo oculto fuera del campamento; a quien dijera haber hecho algo grande en batalla sin haberlo hecho; a quien peleara sin orden del capitán; a quien por miedo arrojara sus armas.
Provisiones simplificadas. Los ejércitos antiguos priorizaban la eficiencia logística, evitando la dependencia moderna de vino y pan horneado. Los soldados llevaban harina, vinagre, manteca y cebada, preparando su propia comida. Esta autosuficiencia permitía recorrer terrenos difíciles por largos períodos sin vulnerabilidades en la cadena de suministro, a diferencia de los ejércitos modernos, a menudo obstaculizados por sus elaboradas provisiones.
Botín público y recompensas compartidas. Para evitar la codicia y mantener la disciplina, todo botín de guerra debía pertenecer al público, gestionado por cuestores y distribuido según el mérito. Esto incentivaba a los soldados a concentrarse en ganar batallas en lugar de saquear, asegurando la cohesión y eficacia del ejército. Una parte del pago del soldado debía ser retenida por el abanderado de la compañía, fomentando el ahorro y una defensa feroz del estandarte.
Disciplina estricta. La disciplina se imponía mediante castigos severos y recompensas claras. La pena capital por delitos graves como la deserción o abandono del puesto, y la decimación por fallas colectivas, infundían profundo temor. Por otro lado, las grandes hazañas se reconocían y premiaban públicamente, fomentando el valor y la ambición. Este equilibrio entre miedo y esperanza era crucial para mantener el orden y motivar a los soldados a actuar heroicamente.
8. Guerra psicológica y engaño como multiplicadores de fuerza
Para inquietar al enemigo durante la batalla, debe hacerse algo que lo atemorice, ya sea anunciando nuevas ayudas que llegan o mostrando cosas que aparenten serlo, de modo que el enemigo, engañado por esa visión, se asuste; y cuando está asustado, puede ser fácilmente vencido.
Explotar el miedo y la esperanza. Un capitán astuto entiende que la guerra se libra tanto en la mente de los hombres como en el campo de batalla. El engaño, los rumores falsos y los movimientos fingidos pueden sembrar discordia y temor en las filas enemigas, facilitando su derrota. Por el contrario, inspirar esperanza y confianza en las propias tropas mediante la oratoria y el liderazgo visible es vital.
Desvíos estratégicos. Los capitanes emplean diversas estratagemas para obtener ventaja:
- Falsa inteligencia: Comunicar planes falsos a espías o permitir que prisioneros “escapen” con información engañosa.
- Debilidad fingida: Pretender inferioridad o desorden para atraer al enemigo a una emboscada.
- Diversiones: Atacar otra parte del territorio enemigo para forzar la división de sus fuerzas.
- Imágenes y sonidos inusuales: Usar camellos, elefantes o disparos fuertes para desorientar a la caballería enemiga.
Estas tácticas buscan minar la moral y la toma de decisiones del enemigo, creando oportunidades para golpes decisivos.
Mantener el secreto. El secreto es fundamental en todas las operaciones militares. Un capitán debe mantener sus planes ocultos incluso para su propio ejército, y el tamaño del campamento no debe revelar aumentos o disminuciones de fuerzas. Esto impide que el enemigo anticipe movimientos o fortalezas, asegurando que cualquier ataque sea sorpresa y maximice su impacto.
9. Diseño de fortificaciones y arte de asedio para la defensa urbana
Creo, por tanto, (sujeto a mejor juicio) que si se quiere prevenir ambos males, el muro debe ser alto, con los fosos dentro y no fuera.
Defensa innovadora de la ciudad. La artillería moderna exige reevaluar las fortificaciones urbanas. Muros altos y gruesos (al menos tres brazos de ancho) son cruciales, pero la defensa más eficaz implica un foso interno. Si se rompe el muro exterior, sus escombros caen en este foso, duplicando su profundidad y creando una barrera infranqueable, mientras los defensores pueden disparar con seguridad desde detrás del muro interior del foso.
Evitar errores comunes. Los bastiones tradicionales situados fuera de los muros son fácilmente tomados por la artillería y desmoralizan a los defensores. De igual modo, los reductos internos dentro de una fortaleza pueden fomentar una falsa esperanza de retirada, llevando al abandono prematuro de las defensas exteriores. Una fortaleza debe diseñarse para que la pérdida de sus muros principales signifique la pérdida total, obligando a los defensores a luchar con la máxima resolución.
Control avanzado de puertas y accesos. Las puertas de la ciudad requieren defensas sofisticadas más allá de simples puentes levadizos. Los revellines deben cubrir las entradas, forzando accesos indirectos. Las rejas en forma de cuadrícula, como las usadas en Alemania, son superiores a las tablas sólidas, pues permiten disparar a través de ellas incluso cuando están bajadas. Estas medidas impiden asaltos directos y protegen contra infiltraciones enemigas durante retiradas caóticas.
10. La peligrosa locura de la guerra en invierno
No hay nada más imprudente ni más peligroso para un capitán que hacer la guerra en invierno, y más peligroso para quien la inicia que para quien la espera.
Decadencia organizativa. Las campañas invernales son inherentemente perjudiciales para la disciplina y organización militar. El clima riguroso, el frío y la humedad obligan a dispersar los ejércitos en cuarteles separados, anulando el entrenamiento riguroso y las formaciones cohesionadas desarrolladas en estaciones más cálidas. Esta desunión los vuelve vulnerables e ineficaces.
Desventaja estratégica. El agresor en campaña invernal enfrenta mayores desventajas, pues está en territorio extranjero y más expuesto a los elementos. El defensor, en cambio, puede elegir lugares favorables, mantener sus fuerzas frescas y unidas, y atacar con toda furia cuando el enemigo está debilitado y disperso. La derrota francesa en Garigliano en 1503, atribuida al invierno más que a la destreza española, es una advertencia histórica contundente.
Sabiduría antigua. Los romanos, que valoraban la disciplina y organización por encima de todo, evitaban meticulosamente la guerra invernal y los terrenos difíciles que impedían luchar de manera estructurada. Sabían que preservar la salud y cohesión del ejército era primordial, y que solo un necio sacrificaría estas ventajas al combatir en las estaciones más duras.
11. Las virtudes del capitán: prudencia, oratoria y reputación
Sobre todo, es importante que el capitán conozca al enemigo y a quienes lo rodean: si es temerario o cauteloso; si es tímido o audaz.
Consejo prudente. Un capitán debe estar rodeado de consejeros leales, expertos y prudentes con quienes consulte constantemente. Esta sabiduría colectiva es esencial para evaluar las propias fuerzas, comprender las fortalezas y debilidades del enemigo, analizar el terreno, gestionar suministros y tomar decisiones críticas sobre cuándo entablar o retrasar la batalla.
Oratoria magistral. La capacidad de hablar eficazmente ante todo el ejército es una virtud innegociable para un capitán. Mediante discursos poderosos, un líder puede disipar el miedo, incitar al valor, aumentar la obstinación, revelar engaños, prometer recompensas y atender agravios. Esta comunicación directa fomenta la unidad y la moral, transformando un conjunto de individuos en una fuerza de combate cohesionada, como ejemplificó Alejandro Magno.
Reputación inquebrantable. La reputación del capitán, basada únicamente en su virtud, es el pegamento supremo que mantiene unido al ejército. Esta reputación se gana mediante el pago constante a los soldados,
Resumen de reseñas
El Arte de la Guerra expone las ideas de Maquiavelo sobre la estrategia militar mediante un formato de diálogo. Mientras que algunos lectores lo consideran tedioso y anticuado, otros valoran sus aportes sobre la guerra y el liderazgo en el Renacimiento. El libro destaca la importancia de la infantería por encima de la caballería, la disciplina frente a la pasión y el papel fundamental de las milicias ciudadanas. Maquiavelo se inspira profundamente en las prácticas militares de la antigua Roma, adaptándolas a su época. Aunque no goza de la misma popularidad que sus obras políticas, ofrece lecciones valiosas sobre estrategia y organización que trascienden el ámbito militar.