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Historia de la belleza

Historia de la belleza

por Umberto Eco 2004 438 páginas
3.82
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Ideas clave

1. La Relatividad Permanente de la Belleza: Un Ideal Cambiante a lo Largo del Tiempo y la Cultura

Este libro parte del principio de que la Belleza nunca ha sido absoluta e inmutable, sino que ha adoptado diferentes formas según la época histórica y el país: y esto no se aplica solo a la Belleza física (de hombres, mujeres o paisajes), sino también a la Belleza de Dios, de los santos o de las ideas...

Un concepto fluido. La noción misma de belleza no es una verdad fija y universal, sino una construcción dinámica, constantemente reevaluada y redefinida por cada época y cultura. Lo que una sociedad considera bello, otra puede verlo como ordinario o incluso repulsivo, lo que subraya la profunda subjetividad que habita en el juicio estético. Esta variabilidad histórica va más allá de la apariencia física para abarcar ideales abstractos, representaciones divinas e incluso virtudes morales.

Más allá del deseo. A lo largo de la historia, un hilo recurrente en la comprensión de la belleza es su capacidad para evocar placer independiente del deseo o la posesión. Ya sea admirando una pintura, un paisaje o una persona, la verdadera belleza se aprecia por sus cualidades intrínsecas, no por lo que puede ofrecer o cómo puede ser adquirida. Este desapego distingue la apreciación estética de la mera codicia o utilidad.

El arte como espejo. Aunque en la era moderna la belleza suele vincularse principalmente con el arte, las perspectivas históricas revelan una relación más matizada. En muchas épocas, la belleza de la naturaleza era primordial, y el papel del arte consistía en representar esa belleza natural, incluso cuando el sujeto mismo se consideraba feo o peligroso. Las obras de arte, por tanto, son documentos históricos invaluables que ofrecen destellos de los ideales estéticos predominantes en su tiempo, aunque esos ideales coexistieran con nociones contradictorias.

2. Grecia Antigua: Armonía, Proporción y el Alma Entretejida

Incluso en la edad dorada del arte griego, la Belleza siempre estuvo asociada a otros valores, como la 'moderación', la 'armonía' y la 'simetría'.

Ideales integrados. En la antigua Grecia, la belleza rara vez fue un concepto aislado; estaba profundamente entrelazada con virtudes morales y filosóficas. El pronunciamiento del Oráculo de Delfos, "Lo más bello es lo más justo", resume esta visión holística, donde el atractivo estético era inseparable de cualidades como la moderación, la armonía y la simetría. Esta comprensión temprana carecía de una teoría estética definida, asociando la belleza a menudo con lo que agradaba o atraía la mirada (Kalón).

Unidad psicofísica. El arte griego, especialmente la escultura, emprendió una investigación empírica sobre la "Belleza viva del cuerpo", buscando una armonía psicofísica que unificara la forma física con la bondad del alma—un ideal conocido como Kalokagathia. Artistas como Fidias, Mirón y Praxíteles intentaron sintetizar cuerpos vivos para crear una belleza ideal, a menudo expresada mediante formas estáticas que transmitían equilibrio y reposo, priorizando la simplicidad sobre el detalle excesivo.

La belleza intelectual de Platón. Para filósofos como Platón, la verdadera belleza trascendía el mundo sensible. Sostenía que la belleza poseía una existencia autónoma, distinta de sus manifestaciones físicas, y solo podía ser aprehendida mediante la visión intelectual, no por los sentidos imperfectos. En consecuencia, veía el arte como una "copia falsa" de la verdadera belleza, potencialmente moralmente dañina, y abogaba por la belleza de las formas geométricas basadas en la proporción matemática como un ideal más puro.

3. La Dialéctica Apolínea y Dionisíaca: La Danza del Orden con el Caos

Esta co-presencia de dos divinidades antitéticas no es accidental, aunque no fue tematizada hasta tiempos modernos, cuando Nietzsche abordó la cuestión.

Dualidad delfica. La cosmovisión griega antigua, si bien enfatizaba el orden, la medida y la armonía apolíneos (como se ve en los lemas de Delfos como "Observa el límite"), también reconocía la fuerza disruptiva de Dionisio, dios del caos y la pasión desbordada. Esta tensión inherente entre orden y caos, visible en la co-presencia de Apolo y Dionisio en el templo de Delfos, revela una comprensión más compleja de la belleza que la que suelen asumir las interpretaciones "clásicas" posteriores.

Percepciones antitéticas. El pensamiento griego lidiaba con varias antítesis dentro de su concepto de belleza:

  • Percepción sensible vs. apariencia: Heráclito sugirió que la belleza armoniosa se manifiesta como un flujo aleatorio, desafiando la idea de formas fijas.
  • Sonido vs. visión: Mientras que las formas visibles (Kalón) se consideraban bellas, la música, con su capacidad para despertar pasiones, a menudo suscitaba sospecha.
  • Distancia vs. cercanía: El arte griego favorecía una contemplación desapegada, mientras que la música implicaba una participación más íntima y potencialmente inquietante.

Reinterpretación de Nietzsche. Fue Nietzsche quien articuló plenamente esta dualidad, postulando la belleza apolínea como una fachada serena y armoniosa que a menudo ocultaba una belleza dionisíaca más profunda y perturbadora. Esta belleza "alegre y peligrosa", antitética a la razón y vinculada a la posesión y la locura, representaba el lado nocturno e irracional de la estética griega, un reservorio vital que resurgiría en expresiones modernas de la belleza.

4. Esplendor Medieval: Luz, Color y el Orden Místico de Todas las Cosas

Se requieren tres cualidades para la Belleza. En primer lugar, integridad o perfección: pues las cosas incompletas, precisamente por serlo, están deformadas. También se requiere la debida proporción o armonía entre las partes. Finalmente, claridad o esplendor: de hecho, describimos como bellas las cosas cuyos colores son claros y brillantes.

Claritas y luz divina. La estética medieval otorgó una enorme importancia a la claritas (claridad o esplendor) como componente fundamental de la belleza, junto con la integridad y la proporción. Este concepto estaba profundamente arraigado en la identificación de Dios con la luz en diversas culturas, desde deidades antiguas hasta la filosofía neoplatónica, que veía a Dios como una corriente luminosa que permea el universo. El arte medieval, especialmente las iluminaciones y vitrales, celebraba los colores primarios y la luminosidad interna, donde la luz parecía irradiar de los propios objetos.

Orden simbólico y riqueza. Los colores en la Edad Media tenían significados simbólicos y sociales profundos. Los colores ricos y vivos y las gemas preciosas no eran meramente decorativos, sino que significaban riqueza, poder y favor divino, en marcado contraste con la vestimenta austera de los pobres. Esta apreciación del color se extendía a la poesía y las visiones místicas, donde tonos como el "zafiro oriental" o la "llama centelleante" evocaban experiencias espirituales y la belleza de la creación.

Monstruos en armonía. Incluso criaturas aparentemente feas o monstruosas encontraban un lugar dentro del concepto medieval de belleza, no como negaciones, sino como elementos que contribuían a la armonía cósmica total. Teólogos y filósofos, basándose en el simbolismo universal, justificaban su presencia como parte del diseño providencial de Dios, donde los contrastes (como las sombras en una pintura) realzaban la belleza del conjunto. Los monstruos también eran fuente de fascinación, apareciendo en bestiarios y ornamentación arquitectónica, evolucionando de entidades simbólicas a curiosidades naturales en la época moderna temprana.

5. Renacimiento: La Imitación de la Naturaleza Encuentra la Gracia Suprasensible

El pintor es maestro de todas las cosas que pueden venir a la mente del hombre, y así, si desea ver bellezas de las que pueda enamorarse, tiene el poder de crearlas; y si desea ver cosas monstruosas que le aterroricen, o cosas bufonescas y cómicas, o cosas verdaderamente lamentables, es el señor y creador de ellas.

Doble orientación. El Renacimiento presenció un enfoque complejo, pero coherente, hacia la belleza: era simultáneamente una imitación de la naturaleza, guiada por reglas científicas como la perspectiva, y una contemplación de la perfección sobrenatural. Los artistas, ejemplificados por Leonardo da Vinci, eran vistos tanto como observadores meticulosos del mundo natural como creadores inventivos, capaces de imbuir sus obras con una gracia enigmática que trascendía la mera réplica.

El poder del simulacro. Los avances en técnicas como la perspectiva lineal y la pintura al óleo permitieron una precisión sin precedentes en la reproducción de la realidad, siempre filtrada por el punto de vista subjetivo del observador. Este "ennoblecimiento del simulacro" significaba que el arte podía capturar la esencia de la belleza, incluso en el más mínimo detalle, haciendo de la imagen reproducida un vehículo poderoso para la experiencia estética.

  • Perspectiva: Espacio organizado, profundidad, luz y color.
  • Pintura al óleo: Luminosidad mágica, como se ve en el arte flamenco.

Influencia neoplatónica. El neoplatonismo de Marsilio Ficino desempeñó un papel crucial, elevando la belleza a un alto valor simbólico. Postulaba que la belleza sensible era un reflejo de una belleza divina superior y suprasensible, difundida por la humanidad y la naturaleza. Este marco permitió la integración de la alquimia hermética y la fisiognomía, fomentando una rica complejidad simbólica en el arte y la literatura, donde figuras como Venus podían encarnar ideales tanto celestiales como terrestres, como se observa en las obras de Tiziano y Botticelli.

6. Del Drama Barroco a la Razón Ilustrada: Un Espectro de Experiencia Estética

El verdadero punto crítico en esta vida de Dios es aquel en que abandona su existencia individual como este hombre, la Pasión, el sufrimiento en la cruz, el Calvario del espíritu, los tormentos de la muerte.

Intensidad dramática del Barroco. Tras el Renacimiento, la era barroca abrazó una "Belleza inquietante, nebulosa y sorprendente", alejándose de las proporciones clásicas rígidas. Este período, marcado por turbulencias políticas y económicas, vio a artistas como Borromini y Guarini crear arquitecturas asombrosas y dinámicas que desafiaban la armonía convencional. La estética barroca celebraba la agudeza o ingenio—una combinación de fantasía precisa y efecto sorprendente—donde la multiplicidad de detalles y la tensión reemplazaban el equilibrio estático, expresando una belleza "más allá del bien y del mal" que podía abarcar fealdad, falsedad y muerte.

La dualidad de la Ilustración. El siglo XVIII, a menudo percibido como puramente racional, presentó un paisaje estético complejo. Mientras el Neoclasicismo defendía el rigor racional, la disciplina y una belleza "verdadera" clásica (inspirada en descubrimientos arqueológicos), coexistía con la sensualidad persistente del Rococó y un interés creciente por la experiencia subjetiva. Pensadores como Hume argumentaron que la belleza no es inherente a los objetos, sino que se forma en la mente del espectador, dando lugar al subjetivismo estético.

El surgimiento de lo Sublime. Un desarrollo crucial fue la aparición de lo Sublime, distinto de la belleza. Pseudo-Longino lo definió inicialmente como un efecto artístico que evoca grandes pasiones y éxtasis. Sin embargo, Edmund Burke y luego Kant lo ampliaron para abarcar fenómenos naturales que inspiran asombro, terror y una sensación de poder o vastedad abrumadora (por ejemplo, mares tormentosos, cielos estrellados). Para Kant, lo Sublime, aunque humilla los sentidos, afirma finalmente la independencia de la razón humana respecto a la naturaleza, revelando una "grandeza moral" ante el infinito.

7. El Abrazo Romántico: Lo Vago, Lo Grotesco y Lo Sublime Trágico

La belleza deja de ser forma y lo bello se vuelve informe y caótico.

Una nueva sensibilidad. El Romanticismo, más un conjunto de actitudes que un movimiento estricto, desafió los cánones clásicos al abrazar contradicciones y encontrar belleza en lo vago, lo melancólico y lo grotesco. Figuras como Foscolo encarnaron esta mezcla de belleza y melancolía, razón y emoción, mientras que la "Belleza de la Medusa" simbolizaba el atractivo de lo aterrador y sin forma. Esta época vio cómo la muerte misma, despojada de lo puramente macabro, adquiría una belleza trágica, como ejemplifica el decreto de Napoleón contra el suicidio por amor.

El "je ne sais quoi" y el misterio de la naturaleza. Rousseau popularizó el "je ne sais quoi" para describir una belleza indefinible, abogando por un retorno a la naturaleza y la espontaneidad frente a la belleza artificial y "sublime". Para los románticos, la naturaleza no era solo pintoresca, sino oscura, misteriosa y abrumadora, inspirando visiones sublimes que desafiaban formas precisas. Esta inmersión en la naturaleza se manifestaba a menudo en paseos nocturnos y una melancolía omnipresente, reflejando un profundo anhelo (Sehnsucht) por lo distante, mágico y desconocido.

Verdad, mito e ironía. Románticos como Novalis y Friedrich Schlegel buscaron una belleza dinámica y discordante, creyendo que la belleza podía surgir de la fealdad y que producía verdad, en lugar de solo reflejarla. Imaginaban una "nueva mitología" que liberaría el espíritu humano a través de formas estéticas. El concepto de "ironía" de Schlegel permitía la co-presencia de puntos de vista opuestos, posibilitando una aproximación y retirada simultáneas del objeto, evitando tanto la esclavitud como el escepticismo, y reflejando la interpenetración de la aspiración subjetiva y la realidad objetiva.

8. La Religión del Arte: Decadencia, Artificialidad y la Vida como Creación Estética

La belleza es siempre extraña. No quiero decir que sea deliberada y fríamente extraña, porque en ese caso sería un monstruo que se ha salido de los rieles de la vida. Digo que siempre contiene un atisbo de lo extraño, lo que la hace Belleza en particular.

El arte por el arte. Frente a la "tristeza, uniformidad, penumbra y fealdad" del mundo industrial, los artistas de finales del siglo XIX cultivaron una "religión estética", donde la belleza se convirtió en un valor supremo a realizar a toda costa. Este movimiento de "Arte por el arte", especialmente el Decadentismo, buscó transformar la vida misma en una obra de arte, abrazando la transgresión, la enfermedad, la muerte y lo demoníaco como temas fascinantes, no para el juicio moral sino para la redención estética.

Dandismo y culto al yo. El dandismo, ejemplificado por figuras como Beau Brummell y Oscar Wilde, manifestó esta religión estética como un arte de vivir y vestir con estilo, elegancia e ingenio provocador. La vida del dandi se convirtió en una actuación meticulosamente elaborada, un "ejemplo triunfante de Belleza", donde la artificialidad se valoraba por encima de la naturaleza bruta. Este culto al yo, a menudo excéntrico y antiburgués, a veces desafiaba las normas sociales, como se vio en los juicios públicos a Wilde.

Simbolismo y el mundo oculto. El simbolismo, movimiento clave del Decadentismo, buscó descubrir un mundo secreto de "analogías misteriosas" ocultas en la realidad natural. Poetas como Baudelaire veían la naturaleza como un "bosque de símbolos", donde colores, sonidos e imágenes conversaban, revelando afinidades profundas. Mallarmé persiguió una "poética de la ausencia", usando un lenguaje evocador y espacios en blanco para sugerir más que nombrar, con el fin de revelar el "encaje inmutable de la Belleza". Esta búsqueda de un absoluto, a menudo a través de sensaciones intensificadas, artificiales e incluso disolventes (Rimbaud), subrayó la creencia de la época en que el arte podía crear una "segunda naturaleza", donde cualquier violación de lo natural podía considerarse arte.

9. El Nuevo Objeto: Formas Industriales, Producción en Masa y Belleza Funcional

El nuevo Citroën ha caído claramente del cielo en el sentido de que, desde el principio, aparece como un objeto superlativo. No debe olvidarse que el objeto es el mejor vehículo de lo sobrenatural: el objeto puede contener fácilmente en sí mismo una perfección y una ausencia de origen, un cierre y un brillo, una transformación de la vida en materia (la materia es mucho más mágica que la vida), y finalmente un silencio que pertenece al orden de lo maravilloso.

Solidez victoriana y sus desafíos. A mediados del siglo XIX surgió la "Belleza victoriana", un ideal burgués que combinaba lujo con practicidad, solidez y durabilidad. El hogar se convirtió en un santuario de "felicidad armoniosa y jerárquica", lleno de objetos que reflejaban costo y permanencia. Sin embargo, esta estética fue desafiada por nuevos materiales industriales como el hierro y el vidrio, que, inicialmente resistidos por tradicionalistas como Ruskin y Morris, abrieron camino a una nueva belleza "industrial".

Funcionalismo y Art Nouveau. A finales del siglo XIX y principios del XX se produjo una revolución en el gusto arquitectónico, abrazando el vidrio y el hierro por su espíritu social y progresista, como se ve en las bibliotecas de Henri Labrouste. Surgió el Art Nouveau (Jugendstil) con sus líneas sinuosas, ornamentación orgánica y formas voluptuosas, que se extendió a la moda y al cuerpo femenino emancipado. Aunque inicialmente decorativo, evolucionó hacia el Art Deco, que en las décadas de 1920 y 30 reconciliaba arte e industria, enfatizando la abstracción, simplificación y funcionalismo, haciendo compatibles calidad y producción en masa.

Cultura de masas y el "ready-made". La comercialización de la vida en el siglo XX transformó los objetos cotidianos en mercancías producidas en masa, a menudo perdiendo su "aura" única. Los dadaístas como Marcel Duchamp criticaron esto presentando "ready-mades" (por ejemplo, una rueda de bicicleta), desfuncionalizando objetos comunes para convertirlos en arte. El Pop Art, con figuras como Andy Warhol y Roy Lichtenstein, abrazó la belleza producida en masa sin pretensiones utópicas, mostrando cómo cualquier objeto—desde una lata de sopa hasta el rostro de una celebridad—podía adquirir valor estético según su presentación dentro de coordenadas sociales, reflejando la pérdida del monopolio del artista sobre las imágenes.

10. Materialidad y Profundidades Invisibles: Estéticas Contemporáneas de la Sustancia

El artista estudia amorosamente su material, lo examina en profundidad, observa su comportamiento y reacciones; lo cuestiona para dominarlo, lo interpreta con vistas a domarlo, le obedece para doblarlo a su voluntad; lo estudia a fondo para descubrir posibilidades latentes que puedan servir a sus fines; se adentra en él para que él mismo sugiera nuevas y originales posibilidades; lo sigue para que sus desarrollos naturales coincidan con las exigencias de la obra a crear; investiga las formas en que una larga tradición ha enseñado a manejarlo para engendrar nuevas maneras de trabajar con él, o para extender la antigua; y si la tradición que carga ese material parece poner en peligro su ductilidad, volviéndolo pesado, anticuado y aburrido, intenta recuperar su frescura primigenia para que cuanto más inexplorado esté, más fecundo sea; y si el material es nuevo no se asustará ante la audacia de ciertas señales que parecen surgir espontáneamente, ni le faltará el valor para hacer experimentos o eludir la difícil tarea de penetrarlo mejor para identificar sus posibilidades...

Revaloración del material. En reacción a tendencias estéticas anteriores que priorizaban la espiritualidad abstracta o la forma superficial, la estética contemporánea ha revaluado profundamente la importancia del material mismo. La belleza, la verdad y la creación se entienden ahora no solo en ideales angelicales, sino también en el universo tangible y sensorial de las cosas—objetos que pueden tocarse, olerse y están sujetos a las leyes de la gravedad, la decadencia y la transformación. Este cambio enfatiza el compromiso íntimo del artista con la sustancia física de su obra.

Arte informal y expresión cruda. Los artistas del siglo XX, especialmente en la pintura y escultura "informal", a menudo se centraron exclusivamente en el material, permitiendo que salpicaduras, grietas, bultos y gotas hablaran con la inmediatez del azar. Las obras podían evocar materiales brutos como "asfalto, pavimento, escombros", transformando el lienzo o la escultura en algo parecido a un fenómeno natural. Este enfoque, sin embargo, no es pasivo; los artistas seleccionan, resaltan y confieren forma a lo informe, guiando al espectador para descubrir la belleza oculta en lo que de otro modo podría pasar desapercibido.

Del desecho a los fractales. La exploración del material se extiende a los residuos industriales y objetos comerciales, como en artistas como César y Arman, que transforman objetos desechados en arte cautivador. Esta práctica, aunque a menudo crítica del consumismo, también enseña a apreciar las "formas" inherentes a la industria, redimiendo la "inutilidad" y "miseria" de esos objetos para revelar una belleza insospechada. Además, las técnicas electrónicas modernas permiten ahora descubrir aspectos formales inesperados en las profundidades del material, como las intrincadas estructuras invisibles de los fractales, abriendo nuevas fronteras para una "estética de los fractales".

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Resumen de reseñas

3.82 de 5
Promedio de 68.000+ valoraciones de Goodreads y Amazon.

Las opiniones sobre Historia de la Belleza son variadas, con una puntuación media de 3,82 sobre 5. Muchos elogian sus impresionantes imágenes y la rica recopilación de fragmentos filosóficos que abarcan desde la antigua Grecia hasta la modernidad. Sin embargo, algunos críticos señalan que se asemeja más a un álbum de arte curado o a un compendio de fuentes que a un estudio académico riguroso, ya que la voz analítica de Eco está en gran medida ausente. Hay quienes valoran su accesibilidad como un libro de consulta para la mesa de centro, mientras que otros lo consideran fragmentado y superficial. Los lectores de habla persa destacan una censura significativa de las obras de arte desnudas en las ediciones traducidas, lo que afecta la integridad visual y textual del libro.

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Sobre el autor

Umberto Eco fue un destacado medievalista, filósofo, semiótico, novelista y crítico cultural italiano, reconocido por combinar un rigor intelectual con una narrativa accesible. Internacionalmente, es más conocido por su novela de 1980, El nombre de la rosa, aunque también escribió El péndulo de Foucault y numerosas obras sobre semiótica, estética y teoría cultural. Más allá de la ficción, Eco contribuyó con libros infantiles, traducciones y una columna periodística de larga duración. Pensador prolífico, dedicó gran parte de su vida a la docencia en la Universidad de Bolonia, y su ensayo de 1995, "Ur-Fascismo", en el que describe catorce características de la ideología fascista, sigue ganando reconocimiento a nivel mundial.

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