Ideas clave
1. El paradójico imperio ballenero de Nantucket
Combinando un autocontrol rígido con un sentido casi sagrado de misión, estos eran lo que Herman Melville llamaría “cuáqueros con furia”.
Una sociedad única. Nantucket, una isla remota frente a Nueva Inglaterra, se convirtió a principios del siglo XIX en el epicentro mundial de la caza de ballenas espermatozoides. Este éxito se sustentaba en una cultura paradójica donde el pacifismo cuáquero coexistía con un celo implacable y casi religioso por la sangrienta cacería. Los isleños, a menudo mejor educados que los habitantes del continente, forjaron una identidad propia, viéndose a sí mismos como una “Nación de Nantucket” cuyo destino estaba ligado al mar.
Motor económico. La economía de la isla prosperaba gracias al aceite de ballena, que iluminaba ciudades y lubricaba las máquinas de la Era Industrial. A pesar de su suelo árido y su aislamiento, Nantucket floreció persiguiendo incansablemente a las ballenas a través de vastos océanos. Esta dedicación exclusiva a la caza implicaba viajes largos, a menudo de dos a tres años, lo que creó una estructura social singular donde las mujeres gestionaban la mayoría de los negocios y hogares de la isla.
Presagios y supersticiones. La vida en Nantucket estaba profundamente entrelazada con los peligros impredecibles del mar, fomentando una comunidad supersticiosa. La partida del Essex en 1819 estuvo marcada por presagios inquietantes:
- Un cometa con una “cola inusualmente larga”
- Avistamientos de un “animal marino extraordinario”: una serpiente de quince metros
- Una plaga de langostas en los campos de nabos
Estos signos, aunque desestimados por algunos, anticipaban el destino extraordinario que aguardaba al Essex y su tripulación.
2. El ataque sin precedentes de la ballena
Nunca antes, en toda la historia de la pesca ballenera de Nantucket, se había conocido que una ballena atacara un barco.
Un asalto impactante. El 20 de noviembre de 1820, a más de 2,400 kilómetros al oeste de Galápagos, el Essex fue embestido y hundido por una furiosa ballena esperma. Este hecho era sin precedentes; las ballenas eran cazadas, pero nunca antes una había atacado deliberadamente un barco. El macho de 26 metros, estimado en 80 toneladas, golpeó la embarcación dos veces, primero en la proa y luego bajo el ancla, provocando que el barco se llenara de agua y volcara en minutos.
El motivo de la ballena. El primer oficial Owen Chase creía que la ballena actuó con “una travesura decidida y calculada”, como si “impulsada por la venganza por sus sufrimientos” tras haber sido atacadas tres de sus compañeras. La ciencia moderna sugiere que la ballena, dotada del cerebro más grande de cualquier animal, pudo haber chocado inicialmente por error, pero sus ataques posteriores, dirigidos y agresivos, indicaban una respuesta deliberada. La vieja y debilitada madera de roble del barco, probablemente afectada por la podredumbre o el crecimiento marino, contribuyó a su rápida destrucción.
Devastación instantánea. El ataque sumió a la tripulación en un caos y desesperación inmediatos. En diez minutos, el Essex, antes “orgullo y gloria de su capitán y oficiales”, era un casco volcado. Milagrosamente, el mayordomo William Bond rescató instrumentos de navegación cruciales —dos brújulas, dos ejemplares del Navegante de Bowditch y dos cuadrantes— que serían vitales para el desesperado viaje de los sobrevivientes.
3. Liderazgo defectuoso y decisiones fatales
No queriendo oponerse cuando eran dos contra uno, el capitán cedió a regañadientes a sus argumentos.
La indecisión de Pollard. El capitán George Pollard Jr., en su primer mando, mostró una tendencia a deferir a sus oficiales, especialmente a Owen Chase. Esto quedó claro tras un primer vuelco en la Corriente del Golfo, cuando Pollard quiso regresar a Nantucket para reparaciones, pero fue persuadido por Chase y el segundo oficial Matthew Joy para continuar el viaje a pesar de perder dos botes balleneros. Este patrón de ceder a otros tendría consecuencias nefastas.
El consejo fatídico. Tras el hundimiento del Essex, los oficiales celebraron un “consejo” para decidir su rumbo. Pollard propuso navegar hacia el oeste, a las Islas de la Sociedad, más cercanas y con vientos favorables. Sin embargo, Chase y Joy, temiendo a “salvajes” y al canibalismo basados en rumores vagos, insistieron en ir hacia el sur y luego al este, rumbo a Sudamérica, un trayecto de miles de millas contra vientos y corrientes. Pollard, carente de la asertividad “marinera” típica de un capitán ballenero, aceptó a regañadientes.
Un error trágico. Esta decisión, impulsada por la xenofobia y el desconocimiento geográfico del Pacífico, selló su destino. Las Islas de la Sociedad, especialmente Tahití, eran conocidas por ser seguras, con misiones inglesas prósperas. Al elegir la ruta más larga y ardua hacia un “puerto civilizado”, la tripulación se condenó a una prueba imposible, que, como lamentó Nickerson, costó “la vida a muchos... excelentes marineros”.
4. La agonía de la supervivencia en botes abiertos
La privación de agua se considera justamente una de las miserias más terribles de nuestra vida.
Sufrimiento implacable. El viaje en los tres botes balleneros se convirtió rápidamente en una prueba agonizante de resistencia humana. Sobrecargados y constantemente azotados por las olas, los botes apenas eran navegables. Los hombres enfrentaron:
- Sed extrema, agravada por el pan empapado en sal
- Hambre persistente, con raciones reducidas a apenas 43 gramos de galleta dura al día
- Piel cubierta de llagas dolorosas por la humedad y la sal constantes
- Letargo, irritabilidad y dificultad para concentrarse
Deterioro físico. Sus cuerpos se consumían rápidamente, los músculos atrofiados y las extremidades hinchadas por edema. La falta de reservas de grasa hizo que sus cuerpos comenzaran a consumir tejido muscular, acelerando el declive. El constante achique de agua de los botes se volvió una “tarea molesta y laboriosa” para sus cuerpos debilitados.
Tormento psicológico. El desgaste mental fue igual de severo. Soñaban con banquetes opulentos y la “ceguera embriagadora” al levantarse demasiado rápido se volvió común. “Los horrores de nuestra situación nos golpearon con una fuerza desesperada”, llevando a “presagios melancólicos” y a una “indiferencia total hacia su destino” en muchos.
5. El canibalismo: el tabú supremo
¡Muchacho, muchacho! Si no te gusta tu suerte, dispararé al primer hombre que te toque.
La elección indescriptible. A medida que las provisiones se agotaban, los hombres en los botes de Pollard y Hendricks enfrentaron la sombría realidad del canibalismo para sobrevivir. Tras la muerte de Lawson Thomas, un marinero negro, la tripulación tomó la “decisión más grave y chocante” de comer su cuerpo. Este acto, aunque nacido de “absoluta necesidad”, fue un compromiso moral profundo, transformándolos en una “comunidad salvaje moderna”.
Sorteo a muerte. Cuando la comida volvió a escasear, Charles Ramsdell, de 16 años, propuso echar suertes para decidir quién sería sacrificado para que los demás vivieran. El capitán Pollard, inicialmente reacio, cedió cuando su primo Owen Coffin y Barzillai Ray apoyaron la idea. La suerte cayó en Coffin, quien con “calma y resignación” aceptó su destino. Ramsdell, amigo de Coffin, tuvo que ejecutarlo.
El precio de la supervivencia. El acto de canibalismo, especialmente el “incesto gastronómico” de comer a un pariente, dejó profundas cicatrices psicológicas. Aunque proporcionó sustento temporal, también trajo un “olor rancio” a la carne y un “pensamiento horrendo” a sus mentes. Los sobrevivientes se vieron obligados a enfrentar los aspectos más oscuros de la naturaleza humana para aferrarse a la vida.
6. Dinámicas sociales y pérdidas desproporcionadas
Era casi como si los Nantucketeros existieran en una burbuja protectora mientras los tripulantes foráneos, primero negros y luego blancos, caían hasta que los Nantucketeros, en el caso de la tripulación de Pollard, no tuvieron más opción que comerse a los suyos.
Supervivencia clánica. La tripulación del Essex era un microcosmos de la sociedad de Nantucket, con jerarquías sociales claras. Los Nantucketeros, unidos por lazos de parentesco y herencia compartida, formaban un subgrupo protector. Este tribalismo, intensificado por el desastre, influyó decisivamente en quién sobrevivió.
Desigualdad racial. Las estadísticas de supervivencia revelan un patrón contundente:
- De los primeros cuatro marineros comidos, todos eran afroamericanos.
- De los primeros seis muertos (excluyendo al enfermo Matthew Joy), cinco eran negros.
Esta pérdida desproporcionada sugiere que los tripulantes afroamericanos, probablemente peor alimentados antes del viaje y con menos grasa corporal, sucumbieron más rápido al hambre.
Implicaciones morales. Aunque no hay evidencia clara de asesinato, las acciones de los Nantucketeros, como asignar al enfermo Matthew Joy a un bote con mayoritariamente “coofs” (no Nantucketeros) y que el bote de Obed Hendricks fuera el primero en quedarse sin provisiones, plantean dudas sobre sesgos implícitos. La narrativa muestra cómo las condiciones extremas pueden erosionar las máscaras morales, enfocando la supervivencia en el círculo social inmediato.
7. La isla Henderson: un respiro efímero
Nunca mis ojos descansaron en algo tan placenteramente hermoso.
Un espejismo de esperanza. Tras un mes en el mar, los hombres avistaron la isla Henderson, un bajo montículo de arena y roca que parecía un “paraíso para tomar el sol”. Creyendo que era la isla Ducie, se llenaron de júbilo, viéndola como “el fin definitivo de nuestro largo confinamiento y sufrimientos”. La isla, aunque deshabitada, ofrecía un alivio temporal del océano abierto.
Promesa falsa. La euforia inicial se desvaneció pronto. A pesar de su vegetación verde, la isla era un “montón de coral fracturado” sin agua dulce accesible. Los hombres solo encontraron un pequeño manantial en bajamar y tuvieron que racionarlo cuidadosamente. La comida, inicialmente abundante con aves y cangrejos, se agotó rápidamente por los veinte voraces hombres.
Abandonando la salvación. En menos de una semana, los escasos recursos de la isla se agotaron. Descubrieron que su situación era “peor que en nuestros botes en el océano”. Tres foráneos —Thomas Chappel, Seth Weeks y William Wright— optaron por quedarse en la isla, temiendo más a los botes que a la tierra desolada. Los otros diecisiete, con sus botes reparados y los barriles de agua llenos, zarparon hacia la Isla de Pascua, sin saber que dejaban atrás una posible, aunque difícil, salvación.
8. El costo psicológico de la desesperación
Todo estaba oscuro en su mente, no quedaba ni un rayo de esperanza en que pudiera pensar.
El punto de quiebre. A medida que la prueba se extendía al tercer mes, el impacto psicológico fue tan devastador como el físico. Las mentes de los hombres estaban “llevadas al máximo grado de temor y aprensión”, lo que provocó:
- Delirios y alucinaciones
- Discurso incoherente y comportamientos extraños
- Una profunda pérdida de la voluntad de vivir
El poder de la esperanza. El primer oficial Chase, a pesar de su propio sufrimiento, reconoció que la esperanza era lo único que separaba a sus hombres de la muerte. Constantemente animaba sus espíritus, insistiendo en que era su “deber solemne reconocer en nuestras calamidades una divinidad suprema”. Su capacidad para adaptar su liderazgo, de disciplinario estricto a alentador compasivo, fue crucial.
Rendirse al destino. Isaac Cole, un joven foráneo blanco en el bote de Chase, sucumbió a esta desesperación, declarando que era “locura y demencia luchar contra lo que parecía ser nuestro destino fijo e inamovible”. Sufrió “convulsiones horribles y espantosas” antes de morir, víctima de deshidratación extrema y hambre, posiblemente agravada por deficiencia de magnesio. Su muerte obligó a Chase a tomar otra dolorosa decisión sobre el canibalismo.
9. Rescate y trauma persistente
Mi aparición inesperada fue recibida con las más agradecidas obligaciones y reconocimientos a un Creador benéfico, que me había guiado a través de la oscuridad, la aflicción y la muerte, una vez más al seno de mi país y amigos.
Rescate milagroso. El 18 de febrero de 1821, tras 89 días en el mar, Chase, Lawrence y Nickerson fueron avistados por el ballenero británico Indian, cerca de Masafuera, su destino previsto. Cinco días después, Pollard y Ramsdell, encontrados “chupando los huesos de sus compañeros muertos”, fueron rescatados por el ballenero Nantucket Dauphin. Los tres hombres que quedaron en la isla Henderson fueron rescatados en abril por el Surry, tras sobrevivir más de cuatro meses.
El largo camino hacia la recuperación. Los sobrevivientes estaban esqueléticos, cubiertos de úlceras y demasiado débiles para mantenerse en pie. Sus sistemas digestivos luchaban con la comida, y la recuperación psicológica fue aún más difícil. Pollard, en particular, sufrió una recaída tras relatar los horrores, con la “cabeza... en llamas al recordar” que había comido a su primo.
Cicatrices duraderas. La prueba dejó marcas imborrables. Chase, aunque exitoso profesionalmente, fue atormentado por dolores de cabeza y más tarde escondió comida en su ático, siendo finalmente considerado “loco”. Pollard, a pesar de su integridad, fue estigmatizado como “desafortunado” y nunca volvió a comandar un ballenero, convirtiéndose en vigilante nocturno. Famosamente, ayunaba cada año en el aniversario de la pérdida del Essex, una penitencia privada por los horrores vividos.
10. El legado del Essex: una historia aleccionadora
Se decía que el leviatán finalmente había logrado su venganza.
Una tragedia olvidada. Durante décadas, Nantucket reprimió en gran medida la historia del Essex, especialmente el canibalismo, que era una “vergüenza cultural” para la comunidad cuáquera abolicionista. Preferían destacar relatos del éxito de marineros negros en la caza de ballenas. Sin embargo, la historia se difundió fuera de la isla, apareciendo en libros escolares infantiles e influyendo en escritores como Edgar Allan Poe.
La inspiración de Melville. Herman Melville, tras conocer al hijo de Owen Chase y leer su relato, quedó profundamente impactado. Su obra maestra, Moby-Dick, se basa en gran medida en el desastre del Essex, especialmente en el ataque de la ballena al Pequod. Melville conoció luego al capitán Pollard, a quien consideró “el hombre más impresionante” que había encontrado, y basó un personaje de su poema Clarel en el capitán dos veces naufragado.
El declive de Nantucket. El desastre del Essex anticipó la eventual decadencia de la industria ballenera de Nantucket. La dependencia excesiva de zonas agotadas, el desafío del banco de Nantucket para barcos más grandes y el Gran Incendio de 1846 (que destruyó el muelle y sus almacenes de aceite) contribuyeron a ello. El descubrimiento de oro en California y luego de petróleo en Pensilvania aceleraron aún más su caída. La historia del Essex sigue siendo una tragedia poderosa y compleja, un testimonio de la resistencia humana, decisiones erradas y el implacable poder de la naturaleza.
Resumen de reseñas
En el corazón del mar, de Nathaniel Philbrick, narra el desastre ballenero del Essex en 1820, que inspiró la creación de Moby Dick. Una ballena esperma embiste y hunde el barco, dejando a veinte tripulantes a la deriva en el Pacífico durante noventa días. Ante el hambre y la deshidratación extremas, los sobrevivientes recurren al canibalismo. Los críticos elogian la investigación minuciosa de Philbrick, su estilo narrativo cautivador y su habilidad para hacer que la historia se lea como una novela. El libro ofrece un detalle exhaustivo sobre la cultura ballenera de Nantucket, el brutal proceso de caza de ballenas y la psicología de la supervivencia. La mayoría de los lectores lo encontraron apasionante e instructivo, aunque algunos mostraron más simpatía por la ballena que por los balleneros.
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