Ideas clave
1. El Fin Supremo: La Felicidad (Eudaimonía)
Todo arte y toda investigación e, igualmente, toda acción y libre elección parecen tender a algún bien; por esto se ha manifestado, con razón, que el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden.
La búsqueda universal. Aristóteles postula que toda actividad humana, desde el arte hasta la investigación, pasando por cada acción y elección, está intrínsecamente orientada hacia la consecución de algún bien. Este bien último y supremo, al que todos aspiramos, es la felicidad, o eudaimonía. No se trata de un bien parcial o instrumental, sino de un fin en sí mismo, perfecto y autosuficiente, que da sentido a toda nuestra existencia.
Más allá del placer y la riqueza. La eudaimonía no debe confundirse con bienes superficiales como el placer, la riqueza o los honores, aunque estos puedan contribuir a ella. La felicidad es una actividad del alma conforme a la virtud perfecta, que se despliega a lo largo de una vida entera. Es un estado de florecimiento humano que integra lo mejor de nuestras facultades y acciones, no una mera posesión o un sentimiento pasajero.
Un bien completo y autosuficiente. La felicidad es el bien más deseable de todos, no necesita que se le añada nada para ser más perfecta. Es el fin último de nuestras acciones, aquello que, una vez alcanzado, hace la vida deseable y plena. Esta concepción subraya la importancia de una vida bien vivida, donde cada elección y actividad contribuye a un propósito mayor y coherente.
2. La Virtud como Término Medio
Es, por tanto, la virtud un modo de ser selectivo, siendo un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello por lo que decidiría el hombre prudente.
El equilibrio de la excelencia. La virtud ética, a diferencia de las virtudes intelectuales, se define como un "término medio" entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto. Este medio no es una media aritmética, sino un punto óptimo y relativo a cada individuo y situación, que es determinado por la razón y la sabiduría práctica. Por ejemplo:
- La valentía es el término medio entre la cobardía (defecto) y la temeridad (exceso).
- La moderación se sitúa entre la insensibilidad (defecto) y la intemperancia (exceso).
- La liberalidad es el medio entre la tacañería (defecto) y la prodigalidad (exceso).
La dificultad de ser bueno. Alcanzar este término medio es una tarea ardua, ya que es fácil errar por exceso o por defecto. La virtud implica una elección consciente y deliberada, no un acto impulsivo. Requiere un discernimiento constante para saber qué es lo apropiado en cada circunstancia, con quién, por qué motivo y de qué manera.
Un extremo en la bondad. Aunque la virtud sea un término medio en su esencia, en relación con lo mejor y al bien, es un extremo. Esto significa que no hay "demasiada" virtud; la excelencia moral es un ideal al que se tiende sin límites. La práctica constante de acciones virtuosas moldea el carácter, haciendo que el individuo se incline naturalmente hacia el bien.
3. La Importancia de la Recta Razón y la Prudencia
La prudencia, entonces, por necesidad es un modo de ser (héxis) racional (metà lógou), verdadero (alethés) y práctico (praktiké), en relación con los bienes humanos (anthrópina agathá).
La guía de la acción. La recta razón (orthos logos) es el principio que debe guiar nuestras decisiones y acciones morales. No es una razón teórica, sino práctica, encarnada en la virtud de la prudencia (phronesis). La prudencia es la capacidad de deliberar correctamente sobre lo que es bueno y conveniente para el hombre en general, no solo en aspectos parciales como la salud o la fuerza, sino para vivir bien en su totalidad.
Distinción entre prudencia y sabiduría. Aristóteles diferencia la prudencia (phronesis) de la sabiduría (sophia). Mientras la sabiduría se ocupa de los principios universales e inmutables (conocimiento teórico), la prudencia se enfoca en lo particular y contingente, es decir, en las acciones humanas y sus medios. La prudencia es esencial para la virtud ética, ya que sin ella, la buena intención no se traduce en una acción correcta.
La prudencia como virtud indispensable. Un hombre no puede ser prudente si no es bueno, ni bueno sin prudencia. La prudencia no solo determina los medios adecuados para alcanzar un fin virtuoso, sino que también ayuda a establecer el fin mismo. Es el "ojo del alma" que permite al individuo discernir el bien humano y actuar en consecuencia, salvaguardando los principios de la acción frente a las pasiones y los vicios.
4. Acciones Voluntarias y Elección Deliberada
Y como el objeto de la elección es algo que está en nuestro poder y es deliberadamente deseado, la elección será también un deseo deliberado (bouleutikÈ órexis) de cosas a nuestro alcance, porque, cuando decidimos después de deliberar, deseamos de acuerdo con la deliberación.
Fundamento de la responsabilidad moral. Para Aristóteles, la virtud y el vicio son voluntarios, lo que implica que somos responsables de nuestras acciones y de nuestro carácter. Una acción es voluntaria si su principio está en el agente y si este conoce las circunstancias específicas de la acción. Las acciones involuntarias, en cambio, se realizan por fuerza externa o por ignorancia de las circunstancias, y son objeto de indulgencia o compasión.
La elección como deseo deliberado. La elección (proairesis) es un concepto clave, más específico que la simple acción voluntaria. No es un mero apetito, impulso o deseo, ni una simple opinión. La elección es un deseo que ha sido precedido por la deliberación (bouleusis). Deliberamos sobre los medios para alcanzar un fin, no sobre el fin mismo, que ya está dado por nuestra voluntad o carácter.
El proceso de la decisión. La deliberación implica un proceso de investigación y cálculo sobre lo que está en nuestro poder y es realizable. No deliberamos sobre lo eterno, lo necesario o lo que no podemos controlar. Una vez que la deliberación ha identificado los medios más adecuados, la elección se convierte en un deseo racional de llevar a cabo esos medios. Este proceso subraya la capacidad humana de autodeterminación y la complejidad de la moralidad.
5. La Justicia como Virtud Social
Es la virtud en el más cabal sentido, porque es la práctica de la virtud perfecta, y es perfecta, porque el que la posee puede hacer uso de la virtud con los otros y no sólo consigo mismo.
La virtud por excelencia. La justicia (dikaiosyne) es considerada la más excelente de las virtudes, no solo porque es una virtud completa en sí misma, sino porque su práctica se dirige hacia los demás. Es la única virtud que parece referirse al bien ajeno, haciendo lo que conviene a otro, ya sea un gobernante o un compañero. Esta cualidad la distingue de otras virtudes que pueden practicarse en relación con uno mismo.
Justicia universal y particular. Aristóteles distingue dos tipos de justicia:
- Justicia universal: Se refiere a la observancia de la ley, que busca el interés común de la comunidad política. Todo lo legal es, en cierto modo, justo.
- Justicia particular: Se divide en:
- Distributiva: Se aplica en la distribución de honores, dinero o bienes comunes según el mérito de cada uno, basándose en una proporción geométrica.
- Correctiva: Interviene en los tratos mutuos (voluntarios e involuntarios) para restablecer la igualdad aritmética cuando se ha producido un daño o una desigualdad.
La equidad como corrección de la ley. La equidad (epieikeia) es una forma de justicia superior a la justicia legal estricta. Surge para corregir las deficiencias de la ley, que, al ser universal, no puede prever todos los casos particulares. El hombre equitativo sabe ceder y aplicar la ley con flexibilidad cuando la estricta aplicación de la norma universal resultaría injusta en un caso concreto.
6. La Amistad como Bien Necesario y Noble
Cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, pero, aun siendo justos, sí necesitan de la amistad, y parece que son los justos los que son más capaces de amistad.
Esencial para la vida humana. La amistad (philia) es una de las cosas más necesarias y hermosas de la vida. Sin amigos, nadie querría vivir, incluso poseyendo todos los demás bienes. La amistad no solo proporciona apoyo en la desgracia, sino que también enriquece la prosperidad, ofreciendo oportunidades para hacer el bien y compartir la vida. Es un lazo natural que une a los hombres, incluso más allá de la justicia.
Tres clases de amistad: Aristóteles distingue tres tipos de amistad, según el motivo por el que se ama:
- Por utilidad: Los amigos se quieren por el beneficio que obtienen el uno del otro. Es común entre los viejos y los que buscan conveniencia.
- Por placer: Los amigos se quieren por el agrado que se proporcionan mutuamente. Es típica de los jóvenes y de las relaciones amorosas.
- Por virtud: La amistad perfecta, propia de los hombres buenos e iguales en virtud. Se quieren por sí mismos, deseando el bien del otro por el otro mismo. Esta es la más estable y duradera.
La amistad perfecta y el "otro yo". La amistad por virtud es la más completa porque reúne todas las condiciones deseables: es útil, agradable y se basa en el carácter. En esta amistad, el amigo se convierte en un "otro yo", permitiendo al individuo percibirse y conocerse mejor a sí mismo a través de la relación. La convivencia y la comunicación de palabras y pensamientos son esenciales para su desarrollo.
7. El Placer como Perfeccionamiento de la Actividad
El placer perfecciona la actividad, no como una disposición que reside en el agente, sino como un fin que sobreviene como la flor de la vida en la edad oportuna.
El placer no es el bien supremo. Aristóteles critica la idea de que el placer sea el bien supremo, argumentando que no es un fin en sí mismo, sino un acompañamiento natural y un perfeccionamiento de la actividad. El placer surge cuando una facultad (sensación, intelecto) opera de manera óptima sobre su objeto más excelente. No es un movimiento o una generación, sino una actividad completa en sí misma.
Placeres buenos y malos. No todos los placeres son buenos. Algunos son vergonzosos, nocivos o provienen de naturalezas depravadas. Los placeres corporales, aunque necesarios, pueden ser perseguidos en exceso, llevando a la intemperancia. El hombre moderado evita los excesos y busca los placeres que son conformes a la razón y a la virtud.
El placer en la vida virtuosa. Los placeres que perfeccionan las actividades virtuosas son buenos y deseables. La vida feliz, al ser una actividad conforme a la virtud, es necesariamente agradable. El placer no es una añadidura externa a la vida virtuosa, sino que está intrínsecamente presente en ella, intensificando y haciendo más perfecta la actividad.
8. La Vida Contemplativa como Felicidad Perfecta
Y esta actividad es contemplativa, como ya hemos dicho.
La actividad más excelsa. Si la felicidad es una actividad del alma de acuerdo con la virtud más excelsa, esta debe ser la actividad del intelecto, es decir, la vida contemplativa (bios theoretikos). El intelecto es la parte más divina del hombre y se relaciona con los objetos más nobles y divinos del conocimiento. Esta actividad es la más continua, la más autosuficiente y la más agradable de todas las actividades virtuosas.
Autarquía del sabio. Aunque el hombre contemplativo, por ser humano, necesita bienes externos (salud, alimento, amigos), su actividad principal, la contemplación, requiere menos recursos que las virtudes prácticas. El sabio puede teorizar incluso estando solo, aunque la compañía de otros sabios puede enriquecer su actividad. La felicidad perfecta se encuentra en esta vida dedicada a la búsqueda de la verdad por sí misma.
Una vida superior, pero humana. La vida contemplativa es superior a la vida humana ordinaria, ya que el hombre vive de esta manera no solo como hombre, sino en cuanto participa de algo divino. Sin embargo, Aristóteles no olvida la naturaleza compuesta del ser humano. La vida contemplativa es la más feliz, pero el hombre, al vivir en comunidad, también debe practicar las virtudes éticas y necesitará de los bienes externos para vivir como hombre.
9. La Ética como Parte de la Política
Pues aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades.
El bien individual y el bien común. Aristóteles concibe la ética como una rama de la política. El bien del individuo es el mismo que el bien de la ciudad, pero el bien de la ciudad es más grande y perfecto. La política, como ciencia suprema, tiene la tarea de regular las ciencias necesarias en la ciudad y de formar a los ciudadanos para que sean buenos y capaces de acciones nobles.
El legislador como educador. Los legisladores desempeñan un papel crucial en la formación del carácter de los ciudadanos, estableciendo leyes que fomenten hábitos virtuosos. La educación y las costumbres de los jóvenes deben ser reguladas por las leyes para que la vida moderada y virtuosa no resulte penosa. La ley, al ser expresión de la prudencia e inteligencia, tiene fuerza obligatoria y es un medio para alcanzar el bien común.
La comunidad como fundamento. Todas las comunidades, desde la familia hasta las asociaciones cívicas, son partes de la comunidad política y persiguen algún bien conveniente. La amistad y la justicia están intrínsecamente ligadas a estas comunidades. La política busca la armonía y la solidaridad, superando el egoísmo individual para construir una sociedad justa y floreciente.
10. La Adquisición de la Virtud a Través del Hábito
En cambio, adquirimos las virtudes como resultado de actividades anteriores. Y éste es el caso de las demás artes, pues lo que hay que hacer después de haber aprendido, lo aprendemos haciéndolo.
Virtudes éticas por costumbre. Las virtudes éticas no se producen en nosotros por naturaleza, sino que las adquirimos mediante la costumbre y la práctica repetida de acciones virtuosas. Así como nos hacemos constructores construyendo casas, nos hacemos justos practicando la justicia, moderados practicando la moderación y valientes practicando la virilidad. La naturaleza nos da la capacidad de recibirlas, pero es el hábito quien las perfecciona.
El papel de la educación y la ley. La educación desde la juventud es de suma importancia para la formación del carácter. Los legisladores, al establecer leyes que regulan las costumbres y la educación, buscan hacer buenos a los ciudadanos. La práctica constante de acciones virtuosas, incluso si al principio no son agradables, se convierte en un hábito arraigado que facilita la inclinación hacia el bien.
La diferencia con las virtudes dianoéticas. A diferencia de las virtudes éticas, que se adquieren por hábito, las virtudes dianoéticas (intelectuales) se originan y crecen principalmente por la enseñanza y requieren experiencia y tiempo. Sin embargo, ambas son esenciales para la felicidad humana, y la prudencia, una virtud dianoética, es indispensable para la correcta aplicación de las virtudes éticas.
Resumen de reseñas
Reviews of Ética Nicomáquea, Ética Eudemia are largely positive, with readers praising Aristotle's sharp insights into human nature, virtue, and friendship. Many highlight the section on friendship as the richest part of the work, and the concept of virtue as a middle point between extremes as a central strength. Common criticisms include repetitiveness and occasional vagueness. Some readers found it challenging but rewarding, while others noted its foundational importance for understanding Western philosophy, ethics, and its lasting influence across cultures and centuries.